El abeto
Respuesta Rápida
Un abeto joven no deja de desear lo que viene después—ser más alto, ser cortado, ser admirado—hasta que comprende demasiado tarde que se perdió la alegría de simplemente vivir. Un cuento reflexivo de Andersen sobre gratitud y presente.
Por Qué Este Cuento Funciona para Dormir
Es poético y tranquilo, ideal para reflexión suave. Puede sentirse agridulce, pero funciona muy bien como cuento de gratitud: apreciar el ahora.
El Cuento de un Vistazo
EDADES RECOMENDADAS
9-11 años
TIEMPO DE LECTURA
22 min
Sinopsis del Cuento
Un abeto pequeño crece en el bosque, rodeado de sol, pájaros y calma. Pero en vez de disfrutar, está inquieto. Desea ser más alto, más grande, ‘más importante’. Oye historias de lugares lejanos y sueña con salir del bosque. Pasan las estaciones. El abeto crece, pero el deseo no se detiene. Un día lo cortan y se lo llevan, y él cree que al fin llegará la grandeza. El cambio, sin embargo, trae incomodidad. Lo colocan en una casa cálida y lo decoran como árbol de Navidad. Velas, adornos y miradas lo iluminan. Por una sola noche se siente admirado. Luego la fiesta termina. Quitan los adornos, apagan las velas y lo tiran a un lado. Lo mueven de lugar en lugar; se seca y pierde el verdor. Solo entonces recuerda el bosque: el sol en las agujas, los pájaros en las ramas, la felicidad simple de estar vivo. El arrepentimiento es silencioso. El abeto recuerda que desear siempre ‘lo próximo’ puede borrarnos el regalo de ‘ahora’. Para dormir, abre una conversación bonita: ¿qué cosa pequeña fue buena hoy?
Extracto del Cuento
Muy adentro del bosque, donde el sol calentaba sin prisa y el aire olía a resina y hierba limpia, crecía un abeto joven. Era un arbolito bonito, de agujas verde oscuro, bien apretadas, como si llevara siempre puesto un abrigo. Encima cantaban los pájaros. Por las mañanas, las nubes rosadas pasaban despacio. Y a veces, por el sendero, iban niños campesinos charlando y riéndose camino de los frutos del bosque. Pero el abeto no estaba contento. Deseaba con todas sus fuerzas ser alto, tan alto como los pinos y los abetos mayores que lo rodeaban. —¡Ah, si yo fuera tan grande como ellos! —suspiraba—. Extendería mis ramas por todas partes. Mi punta miraría el mundo entero. Los pájaros harían nidos en mí, y cuando soplara el viento, me inclinaría con la misma dignidad que mis compañeros. El sol lo acariciaba con luz tibia. El viento lo besaba como una mano suave. El rocío le refrescaba las raíces. —Alégrate de tu juventud —parecía decir un rayo de sol. Pero el abeto apenas escuchaba. En verano, los niños volvían con cestas llenas de frambuesas o fresas. Se sentaban cerca, y alguno decía: —¿No es un arbolito precioso? Y al abeto, en vez de alegrarle, le apretaba el corazón. “Precioso… sí,” pensaba. “Pero pequeño.” Año tras año crecía, tramo a tramo, como crecen los abetos. Llegó el invierno y la nieve cubrió el suelo, blanca y brillante. Un día, una liebre pasó dando saltos y—¡qué vergüenza!—saltó por encima del abeto. El arbolito se sintió humillado. Pasaron dos inviernos. En el tercero, el abeto ya era lo bastante alto como para que la liebre tuviera que rodearlo. Y aun así, no se dio por satisfecho. —¡Ojalá pudiera seguir creciendo, creciendo, creciendo!
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En Una Mirada
El abeto cuenta la historia de un árbol joven que siempre desea ser mayor y vivir ‘algo más’. Lo cortan, lo decoran como árbol de Navidad una noche y luego lo desechan. Solo después entiende que se perdió la alegría sencilla del bosque. Es un cuento reflexivo sobre gratitud y presencia.
Preguntas Frecuentes
De un abeto que siempre desea lo siguiente y solo después entiende que se perdió el presente.
Es agridulce y reflexivo, no de miedo.
Entre 6 y 11 años.
Apreciar el ahora: las alegrías pequeñas pueden ser las más grandes.